El pasado 3, 4, 5, y 6 de octubre de 2026, un grupo de 60 estudiantes y docentes del taller AVB UBA y UB, nos fuimos a recorrer las Misiones Jesuíticas en la provincia de Misiones. Este viaje de estudios es el número 38 de nuestra historia, en que venimos visitando y conociendo lo mejor de Nuestra Arquitectura Argentina y Rioplatense, dado que tambien cruzamos el Río en dos oportunidades para visitar las obras de otro Maestro, Eladío Dieste en el 2017.
En esta ocasión y entroncado con la consigna del "Mirar desde aquí", recorrimos una de las arquitecturas seminales de nuestro territorio y una experiencia única en nuestra cosmovisión americana, antes incluso de que estas obras fueran parte de lo que hoy conocemos como la República Argentina.
Santiago Lorenzo, docente del taller, lo escribe magistramente en el texto La apertura de un mundo- Viaje del taller AVB a Misiones, donde plantea la comunión entre nuestra historia como país joven y las reducciones jesuíticas que visitamos.
Compartimos las fotos de nuestra visita empezando por las del grupo viajero posando en los diferentes lugares que visitamos, Reducciones de San Ignacio Mini, Santa Ana, Nuestra Señora de Loreto, Santa María la Mayor y Hosteria del ACA. Agradecemos a Cristobal O'Connor quién oficio de fotográfo del grupo.
También compartimos fotos y planos de otras obras modernas que visitamos durante el viaje, como la hosteria en la que se alojó el grupo viajero del taller, obra temprana de Clorindo Testa en San Ignacio y la escuela Normal Superior Nº 1 de Soto y Rivarola en Alem.
Todo ello emarcado en la imponente selva misionera de los parques Iguazú y Teyú Cuaré, paisaje que como afirma Rodolfo Kutsch, de quién leímos La Seducción de la Barbarie en el viaje , dice:
"La distancia entre el paisaje y el hombre es enorme y el nexo sólo se da por opción. El predominio de la vegetalidad en las selvas, los ríos torrentosos, crea un paisaje donde el hombre aún no existe, aunque éste participe y sea llevado como posibilidad en su seno.... El demonismo del paisaje, que se explicita en la negrura de toneladas de humus, en vez de contribuir al hombre, se pierde en la creación incesante de un continente estático y vegetal que genera formas y mentalidades según la génesis del árbol..."
Agradecemos a Atilio Pentimalli por ponerse al hombro la organización de este gran viaje del taller y a todos los estudiantes y docentes que nos acompañaron.
La apertura de un mundo - Viaje del Taller AVB a Misiones
por Santiago Lorenzo
“Todo sonido queda prisionero de la selva. Todo nace y muere en juventud. Belleza bárbara, que ayuda a la definición de seres y cosas.
El que no sucumbe pronto es ya un héroe. Y debe ser doblemente heroico quien al morir logra salvar su mundo.
Su mundo, su estrella o su flor, que son, al fin, el alma del paisaje, la esencia de la selva.”
Atahualpa Yupanqui, “El hombre y la selva” (1943)
Al momento de la llegada de los jesuitas a la selva, el mundo guaraní se estaba cerrando poco a poco, como la niebla cierra el paisaje en invierno. Los guaraníes sabían de esto y nombraban a esa niebla ”Yacairá”, una especie de deidad que tenía la capacidad de borrar el mundo para renovarlo con la llegada de la primavera. Sin embargo, esta vez el mundo guaraní no se cerraba por la Yacairá, sino por la presencia de dos imperios que transformaron su territorio en una frontera.
Heidegger decía que una frontera no es donde algo termina, sino donde empieza a acontecer, y esta posibilidad de acontecer fue la que vieron los jesuitas para abrir un nuevo mundo, el jesuítico-guaraní.
Tanto el Imperio portugués como el español avanzaban sobre la nación guaraní con poco o ningún respeto por ella. Mientras las aldeas españolas buscaban nuevas manos asalariadas y desterritorializadas para su sistema de encomiendas, los portugueses directamente los cazaban como esclavos.
Pero el pueblo guaraní se rebelaba a perder su mundo. Por medio de cantos y bailes volvían a reunirse y escapaban de los pueblos españoles, adentrándose nuevamente en la selva, donde recuperaban sus nombres y su lengua.
Fue entonces cuando llegó la Compañía de Jesús. Llegó con una cosmovisión distinta a la de los dos imperios que proyectaban su extensión y dominio sobre las tierras con un fin extractivo. Llegó con una gracia particular: la contemplación.
Al contemplar, fueron capaces de descubrir la belleza en estas tierras y en el pueblo guaraní, que lograba abrir un mundo entre la espesa vegetación selvática.Propusieron un modelo de integración de este mundo guaraní al mundo que avanzaba definitivamente sobre este territorio, el mundo político proveniente de Europa.
De este modo, con propuestas propias y la colaboración activa de muchos de los guaraníes —quienes vieron en esto una estrategia política de supervivencia frente al asedio—, comenzaron la construcción de un nuevo mundo.
Lo primero que rescataron fue su lengua. El padre Montoya, un lingüista criollo formado en América, logró recopilar el lenguaje guaraní que atesoraba grandes conocimientos sobre el territorio selvático.
Un lenguaje que a su vez considera a “la palabra” como sinónimo de “alma”; sin saberlo, se estaba salvando el alma del pueblo guaraní. Pero además, un lenguaje tan complejo y rico que se convirtió poco a poco en la segunda lengua que más palabras aportó al lenguaje científico después del latín, nombrando miles de especies vegetales y animales.
Pero no todo el mundo guaraní se salvaba. Muchas costumbres, deidades y modos de habitar el espacio se iban perdiendo para dar paso a un nuevo mundo que nacía de la interacción entre dos mundos. Un verdadero mestizaje entre el mundo espiritual, erudito y universitario que traían los jesuitas y una sabiduría implicada, arraigada en el paisaje, con un orden social fuerte y un gran sentido de la religiosidad.
El espacio realmente se cerraba, los imperios avanzaban sobre el territorio y el modo de vida semi-sedentario guaraní se veía afectado; la Yacairá ya no podía renovar el mundo en primavera. Es entonces cuando surge un nuevo modo de organización propuesto por los jesuitas. Ante un mundo que se cerraba con peligro de extinción, los padres propusieron un mundo reducido. Una propuesta que pone en riesgo y en parte atenta contra el mundo guaraní preexistente, pero que a la vez es una posibilidad concreta en una situación difícil.
Suele decirse que las reducciones fueron una utopía, pero en sí fueron una realidad muy compleja, con sus errores, con sus pérdidas, sus heridas, con toda la complejidad de un mundo real y selvático convertido en territorio de frontera. Lejos de ser un “no-lugar” idealizado en libros europeos, las misiones fueron una fricción real que dejó cicatrices y fundó una manera concreta de habitar Sudamérica.
Justamente la construcción de una realidad concreta fue la que permitió crear un nuevo mundo que, en su interior, conservó el viejo mundo guaraní. Montoya describía a la reducción como un cambio en la forma de ocupación del espacio: de casas dispersas en la selva se pasó a la formación de un poblado, con la intención de reducir a la vida política a los guaraníes, la vida política en el sentido de habitantes de una polis, una ciudad.
Las grandes casas guaraníes llamadas malocas, donde vivían juntas varias familias bajo el liderazgo de un cacique, fueron construyéndose en piedra gracias a la introducción de las herramientas de hierro por parte de los jesuitas. Pero a su
vez se les incorporaron tabiques separadores que particularizaban el espacio de cada familia. Todos seguían bajo un mismo techo que se manifestaba en la galería exterior que protegía del sol y la lluvia, pero a la vez era lugar de encuentro.
El gran espacio que conformaba la plaza principal era la representación misma de la vida política, donde el pueblo se reunía, donde se veía la arquitectura monumental de la iglesia y las instituciones como el cabildo, conformado por los mismos caciques guaraníes, y la escuela donde los jesuitas educaban a sus hijos.
Este nuevo espacio urbano asentaba definitivamente al pueblo en un lugar, lo que materializaba el cambio fundamental de la cosmovisión guaraní. Hasta entonces, vivían en un mundo donde no existía la propiedad privada, donde la selva se veía como un continuo que permitía desplazarse en búsqueda de recursos no explotados o donde los asentamientos podían ser abandonados en búsqueda de tierras vírgenes. Ese desplazamiento, que a su vez es uno de los sentidos religiosos más profundos del pueblo guaraní, representaba la búsqueda de “la tierra sin mal”. Todo esto quedaba abandonado al crear un espacio representativo, un centro desde el cual habitar el mundo.
Estos nuevos poblados a diferencia de los que fundaban los españoles o portugueses eran habitados únicamente por guaraníes, pueblos de entre 2.000 y 8.000 habitantes hablando la lengua guaraní, donde los únicos europeos eran los dos padres jesuitas, uno encargado de la labor espiritual y otro de la administrativa.
Como modo de introducción en la vida política proveniente de la cosmovisión europea, a cada familia se le otorgaba una parcela de tierra para trabajarla y obtener su sustento, lo cual incorporaba el concepto de propiedad privada, pero al mismo tiempo conservaban partes de la tierra productiva sin tener dueño. Esto generó una división del espacio productivo en dos. El Abambaé, que era la propiedad privada o tierra de los hombres, y el Tupambaé, la tierra de Dios, que eran campos productivos para toda la comunidad. Se usaban como un resguardo para épocas de carencia y los sobrantes para comerciar con otras ciudades y conseguir los recursos que no se encontraban disponibles en su región.
Esta forma de organización del espacio surge del mestizaje entre las dos culturas y es una herencia que a la larga va a calar profundamente en la cosmovisión espacial de la futura República Argentina.
El modelo misional de las reducciones fue exitoso, lo que permitió que se construyeran 30 pueblos en esta zona selvática a lo largo de 150 años. Hasta que la presión que ejercieron los imperios español y portugués sobre el papado fue tan grande que derivó en la expulsión de los jesuitas del territorio americano.
Sin embargo, donde se abre un mundo, es difícil que vuelva a cerrarse de forma definitiva. Una de las mayores proezas del sistema reduccional fue justamente la educación. La orden jesuita confiaba plenamente en la educación como modo de mejoramiento de las condiciones humanas. En una época en la cual todavía se discutía si los pueblos no europeos tenían o no alma, los jesuitas se jugaron profundamente por ellos, enseñándoles no solo política y oficios, sino también potenciando sus cualidades artísticas, siendo el arte en la época una de las pruebas inconfundibles de existencia del alma.
Una de las condiciones fundamentales para ser sacerdote jesuita era la formación profesional además de la sacerdotal. Por eso vinieron a este territorio arquitectos, lingüistas, médicos, astrónomos, teólogos, filósofos, etc.
Uno de los casos más interesantes de la disciplina artística fue el de Brasanelli, un arquitecto y escultor italiano, formado en Milán, que decide abandonar Italia en pleno periodo de producción de Bernini y Borromini para venir a estas tierras a enseñar su arte a los guaraníes.
Brasanelli venía convencido de que los guaraníes eran excelentes copistas, por lo cual sabía que iba a poder enseñar su arte para ser reproducido. Sin embargo, al llegar y ver el modo de trabajo guaraní, se vio sorprendido por un modo de hacer con rasgos particulares, lo que terminó por transformar su propia forma artística.
Así, estos pueblos desarrollaron un arte propio, tanto arquitectónico como plástico y musical. Al mismo tiempo desarrollaron la primera imprenta de la región, telescopios para observar planetas y estrellas, instrumentos musicales, y la creación de hierros pobres a partir de piedras de la región, entre tantas otras proezas técnicas.
Pero sin lugar a dudas la que mayor impacto tuvo fue la educación de un pueblo que ya comprendía sus responsabilidades y derechos, y que podía exigir y luchar por un modo de vida digno.
De este modo, luego de la expulsión de la orden jesuita, la corona española subastó muchas de sus propiedades a lo largo del continente y aprovechó las estancias, industrias incipientes, universidades y colegios que los jesuitas habían creado, para su propio beneficio.
Con las reducciones guaraníes la decisión de la corona fue ponerlas bajo el mando de su milicia, mientras algunos poblados eran abandonados, otros modificaban su régimen y proseguían bajo el mando de un teniente gobernador del ejército español.
Dentro de una de esas reducciones, la más austral de todas, en la provincia de Corrientes, nació un niño, hijo de un teniente gobernador español, en una de las casas típicas de piedra con aleros, herencia de la organización espacial guaraní.
Este niño se crió en este pueblo llamado Yapeyú, donde pudo conocer la fuerza de un pueblo originario educado y exigiendo mejores condiciones, porque años antes la habían tenido, un pueblo que reclamaba la restitución de la orden jesuita.
Este niño años más tarde sería el General José de San Martín, que luego de su infancia en los rezagos de la reducción jesuítico-guaraní de Yapeyú, fue a formarse a Europa para luego regresar a liberar nuestro continente.
El mundo abierto por jesuitas y guaraníes, que parecía cerrarse, de este modo lograba resurgir como algo nuevo.
Aunque los antiguos poblados fueron lentamente tapados por la selva, la matriz espacial y cultural que habían forjado ya había impregnado el territorio. En el corazón de la nueva república que comenzaba a formarse, se conservaban como elementos fundantes la cosmovisión creada por la labor de los jesuitas.
La mayor parte de las instituciones del nuevo Estado nacional se fundaron sobre los restos de los antiguos dominios jesuitas. La primera universidad del país fundada por los jesuitas en Córdoba, y el colegio San Carlos en Buenos Aires, transformado en el Nacional Buenos Aires, que fue también el origen de la UBA.
Hay muchos más ejemplos de instituciones nacionales formadas por ellos o en sus territorios a lo largo y ancho del país, debido a que al liberarnos de la corona española, las posesiones jesuitas que tras la expulsión de la orden habían quedado bajo su propiedad, ahora pasaban a ser propiedades del nuevo Estado incipiente.
Estos sitios se convirtieron en el Tupambaé, o tierra de la comunidad, de nuestra nación, instituciones públicas (universidades, parques, cementerios, etc.) fueron formadas en estos territorios.
Tal es así que dos de las provincias con más presencia jesuítica, Misiones y Chaco, se mantuvieron durante años como “territorio nacional” y recién fueron provincializadas durante la década de 1950. Década en la que se realizaron las grandes obras de arquitectura moderna que visitamos durante el viaje.
La experiencia jesuítico-guaraní no solo nutrió a nuestro país, sino a países vecinos. En Brasil algunas de estas reducciones se transformaron en grandes ciudades y en Paraguay la herencia es aún mayor si consideramos que el país entero se reconoce como bilingüe, algo impensado sin la labor del padre Montoya al recopilar y sistematizar la lengua.
Si hay algo que nos queda en Argentina de esta experiencia es la necesidad de un pueblo educado, e instituciones públicas que garanticen el bienestar del pueblo. En cuanto a la espacialidad, el concepto de Tupambaé caló hondo en la cosmovisión planificadora de la nación, no con ese nombre, pero en Argentina todos los trazados de rutas, de ferrocarriles, las líneas costeras, dejan siempre un
margen grande para poder ser utilizado por el Estado para planificaciones futuras. Los recursos hídricos y naturales son también propiedad del Estado, por lo que desde el principio se considera una parte de nuestro territorio para el bienestar de la comunidad, del mismo modo que el Tupambaé era tomado en las reducciones, pero a escala territorial.
Esta experiencia dejó abierto un mundo dentro del cual, poco a poco, fueron surgiendo nuevos mundos, que conservan el gen inicial de la selva, los guaraníes y los jesuitas.
Al visitarlo hoy en día con estudiantes de arquitectura, viendo las ruinas de este mundo que parece olvidado perdiéndose entre la maraña de la selva, también hoy estamos abriendo un mundo. Un mundo desde el cual seguir pensando, abriéndonos nuevamente a la contemplación para valorar lo que tenemos, encontrar el valor en otros y pensar respuestas posibles en las circunstancias actuales.
Las reducciones jesuítico-guaraníes no fueron una utopía, fue una acción posible que logró salvar parte del mundo guaraní. Este viaje se inscribió en esa línea, la de conocer las circunstancias actuales y salvar la belleza de estos mundos. Porque como dice Atahualpa en su ensayo “El hombre y la Selva”: “debe ser doblemente heroico quien al morir logra salvar su mundo”.
Fotografias de Milena Vilos




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